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Ensayo sobre la ceguera: Una sociedad invidente

La ceguera como pandemia. Un retrato certero de una sociedad devastada y corrompida en esta imprescindible novela del autor José Saramago.

Tiempo de lectura: 6 minutos

Escrito por Diego Nicolás el 25/11/2021
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Desde que la sociedad se vio azotada por el COVID-19, como es predecible, la ficción ha sido un refugio en tiempos de crisis y el arte, siendo nutrido por la contingencia pandémica, como por cualquier contingencia para el hombre, ha gestado una serie de obras literarias que intentan retratar precisamente esta crisis. Pero en 1995, el Ensayo sobre la ceguera, nos advirtió de alguna manera la peligrosa cosecha del mundo post moderno y la responsabilidad de aquellos que cuentan con todos sus sentidos.

La novela fue escrita por el portugués José Saramago, el autor detrás del Premio Nobel de 1998. Su obra tuvo un impacto de gran repercusión para la literatura contemporánea, a través de un retrato certero de una sociedad “podrida y desencajada”, que hoy más que nunca, para bien o para mal, se encuentra vigente.

Novela

Prólogo ambicioso  

Un hombre en su vehículo ocasiona rápidamente la impaciencia de los conductores. Nadie entiende qué sucede. El semáforo en verde no fue atendido; hasta que un grito de pavor advierte a la multitud para socorrer al hombre que ha provocado el embotellamiento y sorprenderlo en un llanto que precede su desgracia: “Estoy ciego”.

Una enfermedad se dispara por las calles, totalmente desconocida y ajena, que será solo identificada como “La ceguera Blanca”.  Sin reconocer las medidas apropiadas ante el pánico colectivo, el gobierno decide poner en cuarentena a los protagonistas y quienes son los primeros afectados de esta nueva pandemia. La cuarentena será realizada en un clausurado hospital psiquiátrico, donde deberán desafiar tal ironía, aferrándose a su lucidez, mientras otra ardua batalla les espera: la sobrevivencia.

Saramago

La represión y la bajeza del instinto

La frialdad y la hostilidad desmesurada de los encargados de custodiar la cuarentena despiertan en el resto de los internos un salvajismo incentivado por el egoísmo y la codicia. Sus actos son liberados por el mero hecho de limitar y restringir los alimentos. Esta hambre inicial atrae a las otras exigencias de la carne y vuelve vil la búsqueda indiferente del placer personal.

La prisión se vuelve entonces el contexto de la obra que desencadena a su paso lo más oscuro de la naturaleza humana. A este hallazgo los protagonistas tendrán que hacer frente manteniendo lo civilizado: la cooperación, la empatía y el liderazgo, pero… ¿Quién asumirá tal responsabilidad? Una mujer identificada como la esposa del doctor, la única que podría haberse salvado de la exclusión, siendo la única vidente entre los reclusos, pero deberá asumir su rol con la precaución de no ser descubierta por su propia seguridad.

No solo lo concreto o lo visceral enseñan la marginación y la supresión de la identidad, ya que al no poseer nombres ninguno de los personajes, son reconocibles solo a través de descripciones triviales como, “la chica de las gafas oscuras” o “el primer ciego”, lo que revela la intención del autor por mostrar el nivel de alienación, ejecutado por un gobierno que en tiempos de crisis recurre con gran comodidad a la estigmatización y al exilio.

La ceguera más allá de los ojos

El mal que acecha a la humanidad no se refleja solo en un sentido, puesto que la ceguera ocurre de forma psicosocial, primero por parte de las autoridades al arrojar a los infectados al abismo como si de leprosos se tratasen, eludiendo cualquier tipo de cercanía o afinidad, como por ejemplo al despojar de su rol e integridad al oftalmólogo que descubrió la ceguera blanca, siendo condenado por sus pares a tan infame destino.

Segundo, a las manos que se le entregó el poder de asegurar la cuarentena, haciendo uso de ese poder para satisfacer la morbosidad a través de la degradación.

Y, por último, a aquellos prisioneros que, en vez de optar por la lucha en común, de sumar fuerza frente a la afectación de la población, eligieron dar rienda suelta a sus instintos más primitivos, alimentándose de los desvalidos y de quienes se sujetaron a su humanidad.

La ceguera blanca, descrita como un mar de leche por algunos de los personajes, puede representar justamente la obnubilación del hombre ante la luz, ante la vida, desaprovechando el don entregado o su nefasto uso, coexistiendo así de forma contraria al estado perpetuo de oscuridad. Sin duda esto sería una crítica al cuestionable progreso de la sociedad.

La mujer, la madre, la vida

No es una sorpresa que el faro de esperanza sea personificado por una mujer, que, ante su ventaja o el propósito, ejerza su actuar como una matriarca que impulsa a otras en su mismo cometido, como una madre que extiende sus brazos para cobijar a todo el que lo necesita. Desde una convención social de apoyar a su invidente marido, hasta asumir el deber de proveer de alimento y afecto a la comunidad. Una mujer que se niega a no reconocer el ser en un cuerpo vacío. La mujer con el don de concebir la vida.

La percepción del autor

Conclusión

Por más que haya asumido con responsabilidad hacer este humilde análisis de la obra de Saramago, irremediablemente no le hará justicia. Dada la magnitud de la profundidad que se anida en las páginas de esta novela, esta nota será solo una invitación para los nuevos lectores a inmiscuirse en esta experiencia, cuya presente recomendación no contiene ningún efecto spoiler, ya que las capas donde se debe escarbar resultan un viaje personal.

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Sobre Diego Nicolás

Solo un lector compulsivo, amante del cine y el comic. Poeta, narrador y peregrino.