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The Rocky Horror Picture Show – Psicodelia, terror y libre sexualidad

Richard O'Brien creó The Rocky Horror (Picture) Show como un homenaje al cine B y el sci-fi. Hoy, este musical es un objeto de culto.

Fer Escrito por Fer
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Es el año 1975, en Estados Unidos. El movimiento por la liberación sexual está en su punto más alto, las drogas de uso recreacional se han popularizado en el subambiente y el rock jamás ha sido tan bueno, tan revolucionario. Vas al autocine, a la matinée. Presentan dos películas: la primera es un estreno llamado The Rocky Horror Picture Show.

Cuando termina la película, la mitad del público ya se ha retirado, indignado y confundido por haber visto una historia de científicos locos, una pareja adúltera y un «dulce travesti venido de Transilvania Transexual», personificado por ni más ni menos que Tim Curry. Por si todo eso no fuera suficiente, la cinta, además, era un musical.

Este filme de Richard O’Brien fue incomprendido por sus primeros espectadores, e incluso tardó en amasar su enorme grupo de fanáticos que veían reflejada su vida artístico-marginal en la gran pantalla. Por su importancia cultural, el tiempo le ha concedido el estatus de película de culto. ¿Cómo es que esta joya del cine B llegó a existir y cuál ha sido su legado?

The Rocky Horror Show: de las tablas al cine

Cinco años antes de la película que pasaría a la historia fuera estrenada, O’Brien escribió The Rocky Horror Show, un musical que era su homenaje personal al cine de ciencia ficción, al horror de serie B y el rock n’ roll. El guion y la música eran demasiado buenos como para quedar solo como una idea, por lo que tres años más tarde llegó al escenario del Royal Court Theater, en el West End (el Broadway londinense).

La obra narra las desventuras de Brad Majors y Janet Weiss, una pareja recién comprometida que termina atrapada en el castillo del doctor Frank-N-Furter, un científico loco que estaba llevando a cabo dos sucesos al mismo tiempo: una reunión de científicos transilvanos y un experimento para crear al amante perfecto, un hombre que pudiera ayudarlo a «liberar sus tensiones».

Tanto en la producción original como en la versión cinematográfica, Tim Curry encarna al extravagante Frank-N-Furter y Richard O’Brien da vida a Riff-Raff, su fiel mayordomo. Otros personajes incluyen a Magenta, hermana de Riff-Raff y mucama del castillo; Rocky, el Prometeo del doctor N-Furter; Columbia y Eddie, concubinos de Frank en algún punto y el profesor Everett V. Scott, rival del científico loco.

Las historias individuales de cada uno de estos personajes se entremezclan de las maneras más absurdas posibles, con un esmero increíble que mantiene al público siempre esté al borde del asiento. Cada vez que parece que la trama ha decidido tomar un curso fijo, algo ocurre, una nueva arista del enredo generado en el castillo se muestra, y la tensión no deja nunca de aumentar.

Lo mismo ocurre estéticamente. Hay detalles que no cuadran de ningún modo, pero, a la vez, encajan perfectamente. Todo está pensado para generar incomodidad visual: los colores chillones, los cuerpos extraños, la decoración exagerada y las actuaciones casi caricaturescas, incluso violentas. Es una incomodidad que seduce, que invita a no despegar los ojos del escenario o la pantalla.

Importancia cultural: de Londres al mundo entero

The Rocky Horror Picture Show fue estrenada en un contexto histórico homofóbico y conservador (hippie, sí, pero homofóbico y conservador al fin y al cabo). Sin embargo, los movimientos sociales por la liberación sexual habían demostrado que existía un público perfecto para esta película: el de las funciones de medianoche.

Al ser presentada en el equivalente setentero de horario para mayores de edad, cuando las sombras protegían la identidad de quienes iban al cine, la película se convirtió en un éxito rotundo. El anonimato tomó otra forma: la de los disfraces, pues empezaron a llegar hordas de fanáticos vestidos como Riff-Raff, Magenta o el doctor que se robó la pantalla y el corazón de los espectadores: Frank-N-Furter.

La buena recepción se repitió a lo largo del mundo, permitiendo, además, que la obra teatral original pudiera ser representada en otros idiomas, en casi todos los continentes del planeta. Richard O’Brien incluso planeó crear una secuela en más de una ocasión, aunque nunca llegó a concretarse. Sin embargo, todavía disfruta la satisfacción de haber creado un fenónemo cultural de talla global.

Esto se debió, en su mayor parte, a la androginia inherente de la cinta y su estética contrasexual. Ambos elementos están presentes literalmente desde el minuto cero del largomentraje, al mostrarle al espectador un lip-sync de la voz de O’Brien, pero realizado por unos labios de mujer maquillados de rojo brillante (específicamente, los de Patricia Quinn, Magenta en el filme) sobre un fondo totalmente negro.

Cuando la única representación existente de las personas LGBT+ hasta ese entonces había sido negativa, la naturalidad con la que se presentó en la historia de Brad, Janet y los extraños habitantes del castillo de Frank fue una bocanada de aire fresco. El carisma de la película por sí sola es suficiente para empatizar con los personajes; que además puedas ver reflejada tu sexualidad en ellos, es un plus muy positivo.

El impacto cultural de The Rocky Horror Picture Show fue tal, que hoy en día, a 45 años de su estreno, todavía se representa en teatros a lo largo de todo el globo, y se le realizan constantes homenajes y guiños en el cine y la televisión. Ejemplos claros de esto serían su remake del año 2016, The Rocky Horror Picture Show: Let’s Do the Time Warp Again, o el capítulo de Glee en el que los protagonistas montan su propia versión de The Rocky Horror Show.

Para tener casi medio siglo, es impresionante lo bien que esta comedia musical de terror y ciencia ficción se ha mantenido en el tiempo. Con Halloween a la vuelta de la esquina, es el momento ideal para darle una oportunidad a The Rocky Horror Picture Show.

Fer
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Sobre Fer

Rolera, lectora, amante de los gatitos y estudiante de pedagogía en castellano en la USACH.