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El viento se levanta, hay que vivir

Revisamos la, hasta ahora, última y enorme película del maestro Miyasaki: El Viento se Levanta, rastreando en ella las influencias de la poesía de Valéry.

Tiempo de lectura: 4 minutos

Escrito por felipefuentealbarivas el 13/05/2020

La cuarentena y el diverso catálogo de Netflix me permitieron volver a ver esta semana El viento se levanta (2013) de Miyasaki, que, de todas las de Ghibli, es mi favorita. Hay muchas otras que me gustan mucho: Mononoke, Nausicaa o Ponyo, pero El viento se levanta, para mí, está en otra liga, como decimos los fanáticos de los deportes.

Además, creo que de todas las películas de Miyasaki, es la menos dirigida a un público infantil. Uno tiende a subestimar a los niños, es cierto, y seguro se entretendrían con la perfección de los dibujos de la película. Pero el tema, por su densidad, me parece indefectiblemente (y, quizás, tristemente) adulto.

La película trata (esta es mi tesis) sobre el valor de la belleza y la vida. Toma su título del primer verso del último sexteto de El cementerio marino de Valéry, que es uno de mis libros favoritos.  El verso dice:

«El viento se levanta, hay que vivir».

Después de volver a ver la película, releí El cementerio marino y descubrí más luces que antes. De seguro Miyasaki lo leyó muchas veces. El poema, el largo poema de Valéry, trata sobre la muerte, los cementerios, la estetización de la muerte en los propios cementerios y, ante todo, trata del ciclo de la vida, que es nacer, morir, y permitir (con la propia muerte), que otra cosa nazca. Hay un verso ejemplar:

«Como se diluye la fruta en goce,

como cambia su ausencia por deleite

en una boca en que su forma muere».

Para saborear la fruta, debemos dar muerte a la fruta, dice Valéry. Y ese es el ciclo de la vida; para vivir, algo debe morir.

En la película, Jiro (basado en un personaje de la vida real que trabajó para la Mitsubishi durante la Segunda Guerra) está obsesionado con los aviones (también lo está el propio Miyasaki, basta escudriñar sus películas). Los juzga como el logro máximo de la humanidad, la fuente suprema de belleza. Acepta que su baja estatura le impedirá ser piloto y opta por dedicarse al diseño de aviones. Esa es toda su vida.

Entretanto, durante un terrible terremoto, conoce a una niña que, como él, ha leído a Valéry (porque no sólo Miyasaki ha leído a Valéry, Jiro ha leído a Valéry, ya que Jiro es Miyasaki). Él la ayuda a encontrar su casa entre las ruinas y, años después, se reencuentran y se casan. Sólo que hay un problema; a ella le queda poca vida, pues padece de tuberculosis. Aunque la verdad es que a ninguno parece importarle, así de fuerte es su amor.

Jiro sigue obsesionado diseñando aviones, mientras ella lucha contra la enfermedad con todo lo que dan sus disminuidas fuerzas. En sus últimos días, decide abandonar todo tratamiento, y se va a vivir a la pieza de Jiro, consolándose con tomarle la mano mientras él dibuja y dibuja. Ahí uno se pregunta; ¿por qué Jiro no dejó de dibujar en ningún momento? ¿Por qué no hizo una pausa en su trabajo para acompañar a su esposa en los pocos días que le quedaban?

Respuesta 1. Nietzsche: tenemos el arte para no perecer de la verdad.

Respuesta 2. El viento se levanta, hay que vivir.

Ella muere, y él diseña el avión perfecto (el famoso Caza Zero que aterrorizó a los estadounidenses al inicio de la guerra), que al final es usado para provocar muerte y destrucción. Toda su búsqueda de belleza se vuelca a la maldad, a la vez que todo lo que contenía su amor (su mujer), ya no existe. Al final, en cierto modo desolado, pero también resignado, Jiro se pierde en ensueños sobre fantásticos aviones para pasajeros, y se repite, como un mantra: el viento se levanta, hay que vivir.

Miyasaki es un pacifista declarado. Ha salido muchas veces a oponerse a que Japón vuelva a tener un ejército (tras la Segunda Guerra Mundial ni Japón ni Alemania tienen permitido tener ejército). Es iluso acusarlo de glorificar los aviones de guerra, como han hecho algunos. Miyasaki —que es Jiro, no lo olvidemos—, está hablando del poder consolador de la belleza, y de la inutilidad final de ese consuelo, que es pasajero, como todo es pasajero.

Hay que vivir, dice, y vivir buscando la belleza es uno de los modos menos dañinos que puede haber. Quizás uno de los más honestos. También hay que buscar el amor, porque quizás justifica la vida, aunque también el amor se acaba.

La belleza y el amor caducan, pero por unos instantes pueden dar la ilusión de eternidad. A pesar de esa ilusión, a pesar de la certeza de la derrota, hay que vivir. Eso es lo que sabía Valéry, lo que saben Jiro y Miyasaki. Si aún hay vida, es decir, si el viento se levanta, entonces hay que vivir.

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