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Ciencia ficción chilena: Parte 1

En Comiqueros hemos decidido desempolvar la máquina del tiempo y dar un paseo por la historia de la ciencia ficción nacional.

Tiempo de lectura: 9 minutos

Escrito por White Usagi el 27/12/2021

La vieja república (1778 – 1878)

Ciencia ficción es mirar hacia un futuro lejano o una línea de historia alternativa. Todos los que gustan del género pueden resaltar los viejos favoritos: las máquinas avanzadas, la exploración espacial, el encuentro con razas superiores.

Sin embargo, uno no puede plantear un futuro que se sienta natural si no se entiende el presente o las fórmulas que se usaron en épocas anteriores. En esta trilogía de publicaciones daremos un paseo por el pasado de la ciencia ficción chilena, dando pequeñas pausas para intentar dilucidar qué pasaba por la mente de cada autor antes de crear ese libro que marcaría un antes y un después en la cultura popular.

La revolución como un sueño imposible. ¿Ciencia ficción pre-independencia?

Si la ciencia ficción es entender y deconstruir el presente a fin de imaginar un futuro, entonces, ¿se puede considerar los sueños de revolución cómo una extensión del género? Es difícil que los escritores del siglo XVI se hayan imaginado una utopía con autos voladores o gente adicta a ver Netflix, pero sí se cumplía con uno de los pilares fundamentales de la ciencia ficción: plantear un futuro que genere rechazo por parte de la cultura establecida, o al menos que abra el debate de “¿y qué pasaría si?” entre diferentes estratos sociales.

Es 1778. Han pasado 6 años desde el fin de la Guerra de Arauco: el conflicto entre españoles y pueblos indígenas. Chile sigue siendo una colonia comandada por el Virrey del Perú a través de la gobernación y capitanía general instalada en Santiago.

Es en este año cuando se prohíbe, por decreto real, la circulación del libro L’an deux mille quatre cent quarante (L’an 2440), del francés Louis Sebastien Mercier. Una ucronía donde el escritor despierta en un París transformado con una monarquía vigente pero acoplada a una organización social y una economía más justa.

Portada del libro «L’an deux mille quatre Cent Quarante». Archivos de la biblioteca nacional chilena.

El libro hace hincapié en cómo la arquitectura revolucionaria cambió el estilo de vida de la gente, proponiendo cambios urbanos como trasladar cementerios y hospitales a la periferia a fin de mejorar la salubridad, o cosas tan simples para nosotros como regularizar el tránsito de vehículos, dando preferencia a los peatones y asignando carriles específicos según a donde se transite.

Para muchos historiadores, este es el primer indicio de la ciencia ficción en Chile. Pero, ¿por qué? ¿Acaso no es que la ciencia ficción se trata de vehículos voladores o colonización espacial? Y es que, como se dijo un poco más arriba, parte de la ciencia ficción es generar debate entre las clases dominantes a través de la crítica social y la deconstrucción de lo que creemos bueno y malo.

Literatura de ciencia ficción digna de un país en crecimiento

Es 1871. Federico Errázuriz Zañartu es nombrado presidente, el primero bajo la reforma constitucional que limitó el poder presidencial a solo un mandato de cinco años.  Su posición reformista permite la creación de la Alianza liberal, lo que impulsaría una serie de cambios importantes en el poder legislativo.

Entre lo más destacado se puede resaltar las nuevas atribuciones del Congreso para combatir la corrupción política, la restructuración de los tribunales (1875), y la eliminación del fuero eclesiástico; una costumbre canonista donde solo la iglesia podía juzgar las causas civiles y criminales de los ministros cristianos.

El refuerzo de las libertades públicas y la reorganización de los aparatos estatales se sintió como dar una zancada sobre los peldaños que llevan al sueño del primer mundo. La arquitectura y diseño urbano de Santiago comienza a cambiar a manos de Bejamín Vicuña Mackenna, el ferrocarril al sur pasa a ser del Estado, y edificios icónicos como el del Congreso Nacional se levantan como símbolos del progreso.

Chile quería llamar la atención de sus vecinos y potencias más allá del océano. No solo para dejar claras sus intenciones de querer ser parte de la comunidad internacional, sino también para abrirse a nuevos tipos de sabores en lo que se refiere al conocimiento, arte y cultura.

Fue en esta época de cambios preguerra del Pacífico donde aparece Benjamín Tallman ─aunque existen ciertas discrepancias sobre si fue él o David Tallman el autor real─, y su icónico relato de ciencia ficción: ¡Una visión del porvenir! o El espejo del mundo en el año 1975.

Portada del libro Una visión del porvenir! o espejo del mundo en el año 1975. Archivos de la biblioteca nacional chilena.

Siguiendo la fórmula de la Francia Revolucionaria, Tallman propone un profundo cambio social donde no existe una clase superior y donde la tecnología se ha vuelto vital para las relaciones humanas. Quizá te sorprenda saber que ya por esos años, el autor propuso cosas como el transporte aéreo, las fotografías instantáneas en movimiento (como los gifs), motores de agua, acceso gratuito a un sistema eléctrico nacional, autopistas que cruzan ciudades enteras y la separación del Estado y la iglesia, educación libre y más.

Es muy difícil saber qué pasaba por la mente del autor al momento de crear su obra. Pero me gusta pensar que es un reflejo del pensamiento «positivo» de la época; una reinterpretación de cómo la modernización industrial y social pueden dar lugar a civilizaciones más justas y donde todos los estratos son parte de un mismo espectro social cooperativo. La obra de Tallman se arriesga a dejar de lado la seguridad de un porvenir “realista”, dando pasos tímidos hacia historias más «futuristas» e imaginativas.

Sin embargo, la historia nos ha enseñado que todo periodo de crecimiento sostenido es frenado de golpe por una catástrofe imposible de prevenir. Y esta vez no sería la excepción.

La ciencia ficción como un escape a la violencia humana

1876. Aníbal Pinto Garmendia es nombrado presidente bajo la misma línea liberal que su antecesor. Sin embargo, los planes para acelerar el crecimiento del país se ven truncados por la crisis económica internacional que ya había comenzado 6 años antes.

En resumen, la guerra francoprusiana había terminado y Francia tuvo que pagar una indemnización a Berlín, lo que desató una locura bursátil. La burbuja finalmente explotaría en 1873, creando un efecto dominó que empaparía a Chile años más tarde.

Existen algunas discrepancias con respecto al año en que la novela de la que trata esta parte fue publicada. Pese a que la primera edición data de 1877, investigaciones ─nacionales e internacionales─, llegan al consenso de que fue 1878 el año clave. Es importante aclarar este punto porque los análisis pueden cambiar según el momento que se mire.

El 14 de febrero de 1878, la asamblea nacional de Bolivia acordó establecer un impuesto de 10 centavos por quintal métrico a las exportaciones de salitre realizadas por la compañía de salitre y ferrocarril de Antofagasta.

George Hicks, el accionista de la empresa, se negó a pagar el tributo y pidió la intervención de Chile al sentir vulnerados tanto sus derechos como lo estipulado por el Tratado de Límites de 1874. En correspondencia archivada del empresario, los historiadores se dieron cuenta de que en realidad él nunca tuvo intenciones de negociar. Lo que explica la presión de la élite económica a través de la prensa y las masas para convencer al gobierno de iniciar el conflicto.

Fue en este periodo violento e inestable donde aparece la novela de ciencia ficción Desde júpiter de Francisco Miralles. El libro narra el viaje de Carlos, un santiaguino de la época, a una ciudad alienígena en Júpiter a través de la hipnosis.  El libro es una crítica muy clara a las falencias de Chile, haciendo hincapié en la supuesta avaricia de los gobiernos liberales.

Portada del libro Desde Júpiter. Archivos de la Biblioteca Nacional chilena.

La novela aplica herramientas de la ciencia ficción contemporánea, explicando tecnologías de punta usadas por los jovianos ─gentilicio de Júpiter─ para monitorear la Tierra.

Pese a que la trama sigue mecánicas más “modernas” para desarrollar su historia, la fórmula sigue siendo fiel a sus predecesores: entender la realidad en la que se vive a fin de formular un futuro que cause debate entre los lectores.

Lo que transforma a Desde Júpiter en la crítica a una sociedad violenta, egoísta y consumida por la avaricia. Los aires de la guerra quizá le llevaron a la conclusión de que el conflicto es inevitable. Y que un pensamiento tan arraigado en la psiquis humana solo podía ser corregido por una sociedad más evolucionada y solidaria con sus pares.

Y tenía razón.

Fuentes:

1. Historia política legislativa, Biblioteca del Congreso Nacional de Chile.

2. Archivos de Memoria Chilena, Biblioteca Nacional de Chile.

3. “Desde Júpiter: Chil’es Earliest Science-Fiction Novel” Science fiction Studies 22. Andrea Bell (1995).

4. Antecedentes históricos del Museo de Antofagasta.

5. Cajón desastre: Benjamín Tallman, el profeta del mundo de hoy. Alciff, 16 enero 2020.

6. “Imagining the future: Mercier’s L’An 2440 and Morris’ News from Nowhere.” Gregory Ludlow, 1992.

Sobre White Usagi

Futuro escritor de ciencia ficción. Amante de los video juegos, películas, series y libros. Tengo el afán de deconstruir cosas, buscando llegar hasta el mismo centro de cada idea.

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